Francisco de Goya y Lucientes, El juego de pelota a pala, 1779. Museo Nacional de El Prado

Castizos contra italianos. Un juego de pelota para recibir a Carlos III

Por Miguel Conde Pazos (Universidad Alfonso X-IULCE)

Uno de los entretenimientos favoritos de los madrileños fue siempre el juego de pelota. Llegado de Francia a principios de la Edad Moderna, donde era muy popular, su origen se remonta a la antigüedad, existiendo registros de distintas versiones del mismo en Grecia y Roma. En España, durante los siglos XVI y XVII, fue particularmente apreciado por la nobleza, que vio en él un divertimento varonil muy apto para su status. El juego de pelota carecía de los defectos viles de otros entretenimientos como los naipes y el cubilete, vinculados al azar y el dinero (si bien no era extraño que los jugadores de pelota apostaran pequeñas cantidades), y en los tratados de educación de príncipes no era raro que se recomendara su práctica, al desarrollar tanto la condición física como el dominio de los movimientos. Asimismo, liberaba pasiones, llegando a servir de catalizador de las tensiones provocadas por las rivalidades nobiliarias. Por supuesto, hubo casos en los que una partida terminó en trifulca o asesinato, como ocurrió en Murcia en 1655 o en Santos de Maimona en 1667.

En Madrid, el éxito de este juego se tradujo en la construcción de varias canchas (los trinquetes), las cuales quedaron registradas en los sucesivos planos de la época, como el de Pedro Teixeira (1656). En él se puede identificar el conocido como Juego de la Priora, situado junto al jardín de este mismo nombre, es decir, frente al Alcázar Real, entre la actual plaza de Oriente y el Teatro Real (Imagen I). Se trataba pues de un espacio fuertemente vinculado a la corte, con la que estaba conectada a través de un pasillo volado, por lo que también es conocido como el Juego de Palacio. Otro juego que quedó en el recuerdo fue el del Prado Alto, junto a San Jerónimo y el palacio del Buen Retiro, el cual, según Deleito Piñuela, era popular, es decir, en él jugaban tanto el pueblo como los nobles (Imagen II). Erigido durante el valimiento del Conde Duque de Olivares, apenas contaba con ornamento alguno, desapareciendo a lo largo del siglo XVIII, probablemente con la ampliación de las caballerizas por el Prado Alto. El Rey Planeta, a su vez, contó con sus propias canchas dentro del Buen Retiro, al menos de manera temporal, construyéndose dos en la Plaza Grande del palacio entre 1635 y 1636.

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Detalle del Plano de Texeira, 1656.
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Detalle del Plano de Texeira, 1656.

La llegada de los Borbones al trono español coincidió con la expansión de este juego entre las capas más populares de la capital, así como en América, erigiéndose campos en México y Bogotá. Para mediados de siglo, ya era uno de los entretenimientos más conocidos en la corte, sirviendo incluso como base de la sátira política. Quizá uno de los textos más interesantes en este sentido sea el Combite a los Grandes para un Juego de Pelota, conservado en la sección de manuscritos de la Biblioteca Nacional. Datado en 1759, en él se habla de una hipotética convocatoria hecha por un magnate anónimo de toda la grandeza de España para organizar una partida de pelota contra los ministros italianos que estaban a punto de llegar a la corte junto a Carlos III.

El momento histórico es sumamente importante para entender este documento. Durante todo el año anterior, el “Año sin Rey”, la Monarquía había caído en la parálisis por culpa de la locura de Fernando VI y la llegada al trono de Carlos III parecía anunciar una gran mudanza dentro de la corte. No eran pocos los ministros y grandes españoles que se sintieron amenazados, especialmente ante la llegada de un equipo italiano que ya había servido competentemente al rey en Nápoles. Esto afectó a los grupos de poder hasta entonces establecidos, los cuales se redefinieron para hacer frente a esta amenaza. Este manuscrito habla precisamente de esto, del juego de la corte, no del de pelota, en el que, bajo la excusa de crear un equipo que haga frente a estos italianos en la cancha, se define un partido contrario a los recién llegados.

El resultado de esta iniciativa, sin embargo, es bastante decepcionante en este texto, siendo muy pocos los grandes que se avienen a enfrentarse abiertamente con los italianos en un juego, tornándose en una crítica a estos. De entre los que sí que aceptan el reto, al primero que se cita es a Montijo (“Acreditaré siempre a los contrarios del Partido Italiano, que en España hay hombres para todo”), seguido por Bournonville, Medinaceli (quien eso sí, advierte: “pero cuidado que mis pelotas vuelan mucho. Tal vez podré hacer mal tercio a los compañeros, porque no me acomodo el no jugar más que con mis pelotas”), Arco, Torrecuso, Ariza, Conde de Baños (quien se muestra prudente: “te prevengo que veas si el Juego puede ser entre christales, porque tengo miedo que el ambiente me traspase el cuerpo”) y Aranda, siendo este último el más impetuoso (“si hubiera Camorra, no sería mi espada la última que salga”). Pero más amplio es el grupo que prefiere excusarse, o directamente se niega por mera conveniencia, caso del conde de Fuentes o Saldueña (“A mi me combiene hacer la tiritona: no presentarme al publico, y sacar a pasear mis criaturas”).

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Luis Paret y Alcázar, Carlos III comiendo ante su corte, 1775, Museo Nacional de El Prado

De entre todas las ausencias en el juego, quizá la que más llama la atención sea la del duque de Alba, primera persona nombrada en el manuscrito, quien tanto había pugnado durante el reinado anterior por el poder. En su alegato este declaraba: “he logrado lo que no podía esperar en el buen tiempo pasado […] he ganado mucho más de lo que perdieron los míos”. Aun así, asegura que permanecería atento a lo que ocurriera en el juego, sumándose así al grueso de grandes que preferían permanecer expectantes a los acontecimientos, y a quien el conde de Altamira llamó (o más bien, el autor anónimo de este manuscrito) “el partido de mirones”. Entre ellos estaba Balbases, de quien por cierto, se dudaba de su afinidad por su origen. Este declaró: “asistiré al juego, por si los contrarios que bienen usaran de alguna treta”. Los motivos para no participar eran muy variados, e iban desde la vejez a la falta de erario, si bien no faltaron algunos que aseguraron no tener tiempo por estar dedicados a sus devociones (caso de Béjar). Otros, se declaraban ya cansados o damnificados por los juegos anteriores y es que aún estaba reciente la conspiración y posterior caída de Ensenada. En este sentido, cabe destacar la afirmación del conde de Bena y Maserano: “mi mayor gusto ya no es jugar. Ojala no se hubiera ido cierto amigo con quien hice siempre mi partido […] me hace mucha falta”. Por otra parte, Sarria, Priego y Huéscar, militares todos ellos, parecen contar con cierta licencia para no participar. Tampoco faltan algunos desprecios, como el hecho a Osuna, a quien se excusa de convocar pues “es inútil para ello”.

El resultado final, con una lista abultada de ausentes y mirones, lleva al supuesto magnate a desistir en su iniciativa, planteándose incluso extender la convocatoria a los golillas. Eso sí, antes advierte a los grandes: “Conque sacamos en limpio, cavalleros (hablo con todos) que entre todos vosotros y nosotros apenas se puede formar una partida de tales jugadores […] haced cuenta que somos entes lexitimos del famoso Manzanares: famoso por sus Puentes hermosos, costosos, y elegantes; pero más famoso todavía, por la pobreza de sus aguas, y la ruindad de sus Peces, pues jamas se cogió uno de la libra, para un empeño. Quedad advertidos de esto y a Dios”.

 

Bibliografía

Combite a los Grandes para un Juego de Pelota. Cierto Magnate, comboca a toda la Grandeza para hacer un Partido de Pelota, contra otro de jugadores estranjeros, que se espera en Madrid, con motivo de venir de Nápoles a la succesion de España, el señor Carlos Tercero. Año de 1759. En Ministerios de España en los últimos reinados, de Felipe III a Carlos III, Mss/18194, ff. 151-156V.

Eduardo Álvarez del Palacio, “La actividad física en los tratados de educación de príncipes (siglos XVI y XVII)”, Apunts, Educación física y Deportes, 1993 nº 34 pp. 43-54.

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Diego Téllez Alarcia, “La botella de alba. Sátira y poder político”, Dieciocho: Hispanic enlightenment, Vol. 32, Nº 1, 2009, pp. 137-160.